viernes, 15 de noviembre de 2013

La guerra en Gandía


Ahora me vieje a la memoria las primeras veces que fui al colegio. Era en los tiempos de la guerra y yo me iba con mi prima Paquita al colegio de lo que llamábamos "nacionales". En esa época no habían otros. Se llamaba San Francisco de Borja. Me acuerdo que una vez de repente a media clase por la mañana empezó a sonar la sirena y todos los niños y las niñas íbamos corriendo. Uno se metían debajo de las escaleras, otros echaban a correr. Mi prima y yo salimos corriendo a la calle pues el colegio estaba muy cerca de casa de mis abuelos y mi mamá ya venía corriendo a recogernos.

Me sorprende esa naturalidad aséptica del relato. En la infancia los recuerdos son vívidos, pero la capacidad de análisis y lógica del adulto es menor. El miedo en los niños es temporal. La angustia vital de mi abuela viendo en peligro a sus niños debió ser tremenda. Me imagino un pasillo con grandes ventanales y suelo en dámero, unos niños corriendo a cámara lenta y el encuentro desesperado en la calle, todo ello bajo el ulular terrible de la sirena y el rumor lejano de las explosiones en el puerto de Gandía.

Otras veces estábamos en casa jugando y sonaba la sirena y nos íbamos mi mamá, mis hermanos y yo al refugio. En el tiempo de la guerra estuvimos viviendo con mis abuelos que tenían casa en "El Prado" (el mercado central de frutas y verduras) y al final de la guerra en la Alquerieta de Martorell en casa de mi tía Carmen. Mi casa estaba en la "Tasa" y había una gasolinera y decían que allí era muy fácil que tiraran bombas porque en la calle Alfaro, donde luego vivíamos, tiraron algunas y hubo un muerto y a otro le cortaron un brazo por la metralla. Al colegio ya no volví más hasta que terminó la guerra.

Recuerdo, también, que algunas noches, a medianoche, nos despertaban mis papás para irnos a la Alquerieta pues el regugio no les parecía seguro. Yo recuerdo que me despertaba temblando de frío y miedo. Volviendo al tema de los refugios, me acuerdo que se comunicaban las cuatro entradas por debajo tierra. Era una cosa muy rara estar allí bajo oliendo a tierra húmeda y todo a oscuras. Aunque había algunas bombillas, a veces, al pasar la aviación o no se qué, se quedaba todo a oscuras. Mi abuelo, el padre de mi mamá, aunque sonaba la sirena (que estaba instalada arriba del campanario de la Iglesia de San José) y toda la gente corría a esconderse mi abuelo seguría sentado sin moverse allí bajo los tejados de "El Prado".

Desde que conozco la historia de mi abuelo lo admiro por esa entereza ante la muerte. Sabiendo cercano su momento, unos años más o menos, hacía frente con gallardía en la plaza. Morir finalmente enterrado en la humeda oscuridad de un refugio era finalmente una muerte indigna y sofocante. Las guerras tienen eso, ponen en evidencia la fragilidad de la vida y nuestra postura vital ante el fin.

Lo de los refugios, ahora lo pienso, era cosa de risa. Recuerdo que en la casita de los suegros de mi tía María había uno que, aquello, no servía para nada. Estaba hecho como en un hoyo y luego por encima hacía como una especie de cueva cubierto con latas y maderas.

En el tiempo que estuvimos en la Alquerieta lo pasábamos muy bien. Estábamos en una casa de mi tía Carmen y mi tía Vicenta y el resto de la familia vivíamos más abajo, donde estaba la finca que mi tío Pepe llevaba y cuidaba para unos señores de Madrid. En la época de la guerra estaban la mayoría de los campos y las fincas grandes abandonadas y recuerdo que allí había un letrero que decía "Requisado por la CNT" o otros nombres.



Cuando pasaba la "Pava" (el nombre que se les daba a los hidroaviones italianos que castigaron mayoritariamente el puerto y ocasionalmente el casco urbano de Gandía)  era como una avioneta y volaba a ras de tierra y entonces nos escondíamos bajo los árboles. Una vez a mi hermano Salva le picó una hormiga y, el pobre, del susto ni se movía. Nos hacían poner un bastoncito en la boca por si había alguna explosión para que no nos hicieran daño los oídos.Me acuerdo que mi hermano Joaquín, era muy pequeño (él nació en el 36) y mi mamá le daba el pecho. Le salieron unos granos y dijeron que era del susto.

Por la noche muchos vecinos de la "Alquerieta" se venían a casa de mis tíos a oír la radio que mi papá se llevó de casa y todas las noticias que daban era que avanzaban los nacionales y que la guerra pronto terminaría.

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